EntreLíneas

10 jul · Nº 214

Lo que aprendí levantando quejas casa por casa

La política que sí cambia cosas rara vez cabe en un discurso. Empieza en una banqueta rota y un formulario mal diseñado.

M

La primera vez que toqué una puerta para levantar una queja ciudadana, me abrió una señora que ya había reportado lo mismo tres veces. Su drenaje llevaba meses tirando agua a la calle. Me miró con esa mezcla de amabilidad y cansancio que uno aprende a reconocer, y me dijo: “otra vez lo apunto, pero ya para qué”.

Me tomó un rato entender que ese “ya para qué” no era resignación: era un diagnóstico. Ella había entendido, mejor que muchos discursos, cómo funciona de verdad el sistema.

Reportar es fácil. Que alguien haga algo con el reporte es otra historia.

Un formulario mal diseñado deja fuera a quien más lo necesita. Un catálogo de categorías que no incluye tu problema hace que tu problema, oficialmente, no exista. Y una base de datos con registros incompletos es una forma silenciosa de decidir a quién sí y a quién no.

Nos leemos el próximo jueves.

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